Vuelvo en avión de Buenos Aires, doce horas de vuelo. Otra ocasión de comprobar mi teoría, a falta del dictamen de los psiquiatras de Iberia, según la cual el encapsulamiento a 11.000 pies de altura nos vuelve más receptivos a los estímulos emocionales. Inmovilizados en los asientos anatómicos, empapaditos en licor, aturdidos por el zumbido permanente, los ocasionales zarandeos de las turbulencias y el parpadeo de las señales luminosas: todo conspira para ablandar nuestro ánimo. Por arisca que sea, la azafata se transforma progresivamente en ángel de la guarda y todo pequeño desfallecimiento nos hace anhelar sus cuidados maternales, su femenino consuelo.
(Mejor no someter esta teoría a la prueba de la inversión de sexos: no sé si ellas sentirán lo mismo, pero para mí es una contrariedad que haya azafatos masculinos en vuelos de larga distancia).
La prueba está en las películas. Cuando X confesó sin pudor haber llorado en el avión con El guardaespaldas, de Kevin Costner y Whitney Houston, lo tomamos a chanza. Le hicimos sufrir. Nos ensañamos con él. Pero después de eso empecé a observar que yo también tenía cierta tendencia a amolarme con las películas del avión, y que esa propensión iba en aumento ¿La edad? Es posible. Pero también es el efecto del alejamiento del suelo, del desvalimiento que produce el darse cuenta de que estamos a merced de variables que no controlamos: el comandante, la electrónica del aparato, los slats y los flaps, la clemencia de la naturaleza… ya saben, esos elementos que componen la sociedad del riesgo de Ulrich Beck y que nos hacen sentirnos cada vez más solos.
Me convencí por completo con Mamma mía, en un viaje, creo, a Filipinas. La ví de ida y repetí de vuelta y después de terminada seguía buscando los mejores números para verlos otra vez ¿Cómo resistirse a los ojos acuosos de Amanda Seyfried al cantar Honey honey? ¿Cómo negar la evidencia de las letras de ABBA: I believe in angels, something good in everything I see? Si alguna vez los psicólogos de Hollywood tipificaron las circunstancias ideales para que sus películas conmuevan al espectador, seguro que fueron las de un largo trayecto en avión, que tanto tienen en común con las de una sala de cine. No hay mejores condiciones para quedar atrapados en la trama, para tragarnos los trucos del realizador y caer en sus trampas emocionales que las de una cabina de avión de madrugada.
Esta vez ponían SALT. Nada: mucha persecución y poco argumento. La CIA, los rusos, agentes dobles, América en peligro ¿Imposible llorar? Quía. Para eso está lo que yo llamaría el nudo americano, porque lo inventaron allí, suele ser pequeño, tiene forma de nudo y si está bien hecho, se te forma en la garganta justificando una película por insustancial que sea. En SALT, el nudo americano son los sentimientos de la protagonista hacia su marido a quien tuvo que seducir por necesidades del servicio: como famoso aracnólogo tiene acceso fácil a cualquier país del mundo incluida Corea del Norte. Sí, ya se, pero no importa. Lo que importa es que Angelina Jolie, entrenada en Rusia de niña para atentar contra Estados Unidos 25 años después, cambia de bando y termina salvando a América porque se siente amada. Y lo que toca la fibra es que una máquina perfectamente programada como ella tiene un talón de Aquiles y ese es la devoción y la confianza que le profesaba su marido, un aracnólogo alemán. El amor vence a la ideología. No es más que alguna pequeña cuña entre persecución y persecución, un flashback rápido y tierno, un nudo que va encadenando secuencia y secuencia y que te ata a la película. Es el nudo americano.
Una pequeña mención, ya que salió Amanda Seyfried. Qué decepcionante, en el viaje de ida, su Cartas para Julieta. Qué cursilada facilona e inverosímil, por muy interesante que se ponga Vanessa Redgrave y por mucho que Amanda explote su sensualidad con anchos escotes y finos tirantes. Y aún así ¿Cómo es posible entonces que el beso de amor, por fin, entre los dos enamorados pueda arrancar un temblor, una furtiva lágrima a un tipo duro como yo?
Todas las imágenes tomadas de Internet. Los vídeos, de YouTube. La nevada de jacarandas, de http://aguadeazucena.blogspot.com/. La foto de Amanda Seyfried, de un lugar de cuyo nombre no me acuerdo, y por desgracia no he encontrado una foto de Angelina Jolie niña vendada en Salt, la imagen que tan bien expresa el adoctrinamiento utilizando medios emocionales.