Conciencia transcultural

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A Teresa Gutiérrez del Álamo, que me dijo que mi blog era un auténtico petardo. ¡Va por usted!

Dió en el clavo Santiago Tamarón cuando me recomendó la lectura de Kim. Explicábale yo el proyecto en el que ando metido, sobre Cross Cultural Awareness, un nuevo concepto con el que el mando aliado intenta suplir la falta de conocimiento sobre Afganistán. Con su invencible voluntarismo, los estadounidenses esperan que unas sesiones de formación y una actitud comprensiva sean suficientes para que las fuerzas de ocupación conozcan mejor el “terreno humano”, con el fin de poner de su parte a la población civil y dominar a la insurgencia. Quizá tengan razón. Al menos habrá que intentarlo. Para los europeos, que tienen más reciente el pasado colonial, la cosa no es tan evidente. Un funcionario colonial podía pasar la mayor parte de su carrera en la India o Vietnam y adquirir apenas un conocimiento somero del entorno, la lengua local, los códigos de comportamiento, los resortes del poder. ¿Cómo lo van a igualar soldados destinados por periodos de seis meses o un año, cuando sólo salen de sus acuartelamientos para montar en los vehículos blindados o patrullar con sus armaduras modernas, aislados del entorno con sus gafas negras, sus auriculares y sus micrófonos? En estas condiciones, el contacto con la población no pasa de ser otro protocolo, otra regla de enfrentamiento.

Todo lo que se necesita saber sobre los dilemas de gobernar sobre culturas ajenas se encuentra en esta novela de Rudyard Kipling, publicada por primera vez en 1901. Kimball O’Hara, el protagonista, es un huérfano británico educado en la calle como un pícaro de baja casta. En su apariencia externa es indistinguible del enjambre de niños no escolarizados de Lahore pero posee una singular seguridad en si mismo debido a que es inglés y a una superior inteligencia. La aparición de un hombre santo procedente de las montañas cambia su vida. En su peregrinar como chela del lama, Kim es captado por los servicios de inteligencia británicos y enviado a una escuela católica. Es el espía ideal: leal como un inglés y criado como un indio, formado y entrenado como un occidental y capaz de mimetizarse entre la población. Muy pronto se plantea el conflicto entre el origen británico de Kim y el futuro profesional que se abre ante él como funcionario al servicio del imperio, y la poderosa llamada de la India.

La novela está llena de alusiones al dilema que nos ocupa. Sólo citaré una, que Kipling pone en labios del personaje de la deslenguada viuda que protege al lama y a Kim, cuando se refiere a un funcionario local. “Son los de esta clase quienes deben velar por la justicia. Conocen el país y las costumbres del país. Los otros, todos los recién llegados de Europa, amamantados por sus madres blancas y que aprenden nuestro idioma en los libros, son peores que la peste. Ellos sí que perjudican a los reyes”. Por no hablar de la actitud irrespetuosa con el lama de la pareja ruso-francesa que con su aparición ilustra el “Gran Juego” o disputa por el control de Asia central. Kipling, hijo de un funcionario imperial británico, nacido en Bombay, educado en la metrópoli y retornado a la India a los 18 años para trabajar como periodista, representa lo que Edward Said, en su introducción a la edición que he leído (Mondadori, 2007; el copyright de Said es de 1997), describe como la “orientalización” del gobierno de la India en la fase tardía del imperio británico.

Lo que hace especial a Kim, no obstante, es mucho más que esto. Está en la mirada del autor: la construcción de sus personajes mediante sus actos y los diálogos precisos, llenos de gracia y humor. La narración de aventuras de escala humana, que podría recordar a Baroja, al igual que su forma imperfecta, pero llena de fuerza, de escribir. La recreación del conflicto entre autoridad y juventud, entre gobierno civilizado y desorden oriental. La emoción sencilla con que están descritas las relaciones entre los personajes, y sobre todas ellas, la que se establece entre el lama y Kim. En definitiva, su “gran mérito estético”. Hasta Edward Said, tan crítico con el racismo y el imperialismo del autor -o, extrañamente, con la ‘abrumadora masculinidad’ de la novela, como si la literatura también tuviera que tener cuotas de personajes femeninos; solo le falta a Said decir que entre don Quijote y Sancho existe una soterrada tensión homosexual-, reconoce el respeto sincero que muestra Kipling por la peregrinación del lama y su ascendencia espiritual.

Ilustraciones: Al buscar imágenes de Kim en Internet me sorprende esta portada de Penguin, que subraya la britanidad del protagonista, al contrario de la mayoría de las imágenes que lo representan como un muchacho hindú de baja casta, incluyendo la película de Víctor Saville con Errol Flyn y un precoz Dean Stockwell. El retrato del lama es de una edición de Kim fechada en Nueva York, 1901, el año en que apareció, escaneada por Google books de un ejemplar de la Harvard College Library. A propósito de ilustraciones: en una de las páginas en blanco preliminares figura una esvástica impresa con la firma manuscrita de Rudyard Kipling dentro de un círculo: un símbolo que el autor utilizó hasta que fue adoptado como emblema del partido nazi en los años 20 y que representaba el aspa del tiempo, la rueda de la vida en las viejas civilizaciones indoeuropeas a la que el lama se refiere a menudo.

Y me despido con una evocación de la India en la increíble voz de Lata Mangeshkar.

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3 comentarios para “Conciencia transcultural”

  1. Teresa Gutierrez del Alamo Dice:

    Repampanos¡¡¡ Si lo llego a saber no digo nada, podias haber excluido mi apellido….
    Diplomacia cultural…..De los mundos que nunca se encuentran a pesar de la ficción de entendimiento, hay una ejemplo narrado en forma de Quarteto” o tetralogía, vaya usted a saber : “The Raj Quartet” ,que acabo de descubrir y que consigue hacer olvidar el hecho de que se convirtiese en una serie de telivision.
    Es la historia de la agonia de los britanicos “de la India”. De aquellas familias que la que habitaron durante generaciones sin que el país dejase en ellos mas huella que una soberbia inmensa pintada de un enfurecido lamento . No te lo vas a creer pero ellos “también” se sintieron incomprendidos.

  2. miguel de Avendaño Dice:

    Yo reivindico a otros grandes incomprendidos, náufragos también de las disoluciones imperiales: los protestantes de la República de Irlanda. Como dijo William Butler Yeats en el Senado irlandés: “We… are no petty people. We are one of the great stocks of Europe. We are the people of Burke, we are the people of Swift, the people of Emmet, the people of Parnell. We have created most of the modern literature of this country. We have created the best of its political intelligence”.
    Emmet era un traidor y Parnell un ególatra aprovechado, pero en lo esencial tenía razón.

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